No estoy hablando de aprovechar las oportunidades en la vida; ese tipo de consejos se los cedo al primer escritor de libros de auto-ayuda que se os pase por la cabeza. Hoy quiero hablar de uno de los tipos de persona que más nos puede sacar de quicio; esa que cada vez que estamos en su presencia o tan solo con oír su voz, nos provoca el mismo efecto que chupar un limón (por dentro evidentemente). Esa sensación de que nuestro cuerpo se debate entre la vida y la muerte o, por ser mas específicos entre
guardarnos esa mezcla entre odio y asco o exteriorizarla en forma de alguna mirada asesina o algún gesto de desaire como intentando dar a entender de que su presencia no nos es de agrado. ¿No somos en la inmensa mayoría partidarios de apartarlas o destronarlas de su reino utópico? No nos confundamos al hablar de estas personas… no son más que el fruto de una educación protectora que les privatiza del contacto al mundo exterior... Se abre el telón y aparece un alma que tan solo busca salir al mundo y, en la mayoría de los casos, se cierra el telón; pero ni se vuelve a abrir y por supuesto el alma queda atrapada en un escenario vacío de reparto escénico. Quizás hoy sea el día de llamar a todos aquellos teloneros; a todos esos maestros en el arte de hacer descender el fino velo que cubre las esperanzas frustradas de aquellas ánimas reprimidas que no son más que un absurdo retroceso a la época en la que la filosofía del “Sí de las niñas” rondaba las míseras mentes de aquel siglo. No pretendo recurrir en vosotros obligándoos a reflexionar sobre vuestras acciones, en absoluto, pues yo mismo soy un “exprimidor de limones”; aunque no queramos, de una forma u otra todos le sacamos el jugo a las personas que despreciamos, y, no contentos con bebérnoslos, escupimos su esencia como si ni siquiera fueran dignos de ser usados como carne de altivez….
