sábado, 17 de septiembre de 2011

ACTO II: Aqua et Terra


Se abre el telón…el escenario se tiñe de melancolía… el manto al elevarse, deja ver un espacio en el que los focos  proyectan, con luces desteñidas, la estela de los recuerdos que en su era, crearon una historia…
Hoy, el teatro, se transforma para dar lugar a una historia, de príncipes y princesas, demonios, distancias insalvables, duda y olvido…

Un mundo remoto, un cielo con dos lunas… su mundo… sus lunas…
Dos castillos se alzaban sobre la tierra, dos gigantes rocosos con sus majestuosas torres, vigilaban el aire y sometían, soberbios, al cielo. Desde lejos, parecían alcanzar las lunas, se asemejaban a farolas, tan grandes que podían alumbrar el universo…

Cuenta la leyenda, de dos jóvenes príncipes, enamorados, que por desgracia, vivían en dos castillos diferentes; tan cerca en lejanía, que su efímera sombra desaparecía entre los susurros de la noche estival… tan lejos en cercanía que no alcanzaba a verse ni la más alta de las torres, ni siquiera aquellas que rozaban el cielo e, incluso, parecían adentrarse en la grandeza de sus secretos…

Dicen que el príncipe, enamorado, realizaba un viaje cada año para ver a su princesa, que cuando llegaba, la ciudad que se extendía en los alrededores de ese castillo se sometía a la alegría y emoción que este transmitía… pasaban un mes, juntos y felices; y que cuando este partía se despedían con mayor alegría pensando en el regreso del próximo año. Tiempos felices transcurrieron durante años, mas no tardo en alzarse la desgracia sobre aquellos corazones, cuando un maléfico ser, demonio lleno de envidia e ira se sumergió en las entrañas del castillo del príncipe, una fría noche de invierno suplicando por el asilo en su residencia. Aquella noche la malvada, hechicera de emociones, “apeladora” de sentimientos, vertió sus artificios sobre el alma del príncipe: al caer la primera luna el demonio disfrazado de mujer cogió una rosa de los múltiples jardines del reino dentro de las murallas y la envenenó con sus intenciones; vertió sobre ella sus lúgubres sentimientos y la tiñó de mediocridad, la rosa, de color carmesí, ardiente como el mismo fuego del infierno, en el que habitaba su asesina, dejó lugar a un leve brillo Burdeos, tímido e introvertido frente a sus compañeras.
Al caer la segunda luna, la hechicera se reunió con el príncipe en la torre más alta, en la que, en esencia parecía rozar las inquietudes lunares… y una vez le hubo besado con sus labios, enmascarados de pasión, apresurada, clavó las múltiples espinas de la rosa en el corazón del príncipe, convirtiéndolo, en segundos, en un simple hombre, como otro cualquiera, indeciso y confuso. Se enfrentaba al amor de la maga pero su pasión por la princesa reinaba sobre cualquier conjuro, permitiéndose luchar entre ambas emociones. “Así como el agua del mar vuelve abrazando a la tierra, tú, siempre regresaras a mí” le susurró la maga al príncipe.

Los meses pasaban y la bruja poco a poco, lograba acercarle a su lado; pero llegado el mes del encuentro con su amada y conseguir emprender el viaje, surcando los mares, pese a los impedimentos de su locura, llegó a las costas donde, la arena soportaba con orgullo la estructura del castillo de su princesa. El príncipe, apenado, contó a su princesa sobre el demonio, que robó el alma a una rosa para revelar su ira contra el corazón amado. La princesa, no le creyó y pensó, que enmascaraba de bruja a lo que, en su mente calificaba de una mujer pordiosera que, caída en gracia, y, refugiada en sus murallas aprovechó para encandilar al príncipe, víctima de la tristeza, víctima de la lejanía. El último día de la estancia en sus tierras, el príncipe abandonó simple, y llanamente a la princesa. El conjuro había vencido. El reino de la princesa, sumergido en desgracia, no tardó en desaparecer y, en tierras del príncipe el amor entre ambos, se solidificaba cada día un poco más. Llego el invierno; y, así como las flores se marchitan en el frío y el hielo, el conjuro se desvaneció como las sombras al reflejarse en la luz del fuego. El príncipe, expulsó al demonio de sus dominios jurándose a sí mismo no caer en redes semejantes, a las que, la mujer araña, tejió sobre su rencor.

Arrancó un día, paseando por entre sus jardines, una rosa de un rosal, y la miró. “Cuán débil es tu tallo, que con mínima fuerza, se arranca de tus hermanas, cuán sólida tu belleza, que pese a sumergirse en tristeza y dolor, refleja elegancia”. La flor, metáfora de su vida; se dio cuenta de dos reglas básicas en lo que él, hubo elegido serían sus bases en el amor. Mi tallo será robusto, no seré frágil, jamás abandonare a mis hermanos y hermanas; mi belleza, será mía, apreciable a los ojos de quien quiera maravillarse con ella. Rosa en mano, se dirigió a la costa, de la que su castillo gozaba; se sentó en la arena y miró lejano al horizonte, muchos kilómetros allá, se levantaban los muros de su amor, mucho más allá residían las ruinas del mismo. Sin darse cuenta se pinchó en el dedo corazón con una de las espinas de la rosa, parecía una aguja, parecía querer tejer el manto de su desdicha. “No importa de dónde cortes una rosa, ésta crece y resurge junto a sus hermanas” y, el eco del viento, llevaba en su frío camino, palabras cercanas, familiares, que un día, fueron conocidas: “Así como el agua del mar vuelve abrazando a la tierra, tú, siempre regresaras a mí”. El príncipe sonrió.


¿Bonito? Este es un teatro, en la que cada una de sus obras está plagada de innumerables metáforas que, si bien descubrís, sacareis una gran enseñanza de cada uno de los actos. Estáis frente a la crónica de una separación sentimental anunciada. Las relaciones a distancia; pasión en vano. El elemento más importante de nuestra historia, es la rosa: la moral. A los ojos de los príncipes, una rosa es roja; a los del demonio, representante de cualquier amor que el príncipe pudiera encontrar en sus terrenos, una rosa de color desteñido, tan solo, es un color. La princesa reprocha al príncipe encapricharse de una de sus paisanas, mas, ¿no pudo acaso el príncipe, reprochar a la princesa, la visita de algún demonio a su castillo? El príncipe, en la costa, se dio cuenta de que el amor por la princesa, no era más que un capricho… el viento, familiar, acompasaba sus pensamientos…

Sed príncipes de vuestro castillo, plantad la rosa en vuestros jardines, y dejaros invadir por los demonios del averno. Si en algún camino del viaje, anheláis a los recuerdos, sentaos en vuestras costas y mirad profundos al horizonte; dejaos arropar por el viento de vuestros recuerdos…El telón va descendiendo; las luces, emiten un último destello antes de apagarse, como si un rayo descendiera del cielo para cerrar una gran actuación…